¿Qué es el Espíritu Santo?
Anna Horno
El Espíritu Santo es la Voz que habla por Dios en un mundo que Dios no reconoce como tal, y del que, por tanto, no participa en absoluto. El Espíritu Santo es el recuerdo del Amor de Dios en cada uno de nosotros. Él es un susurro invitándonos a recordar y experimentar nuestra verdadera identidad, esa llamada suave y amorosa a despertar.
En las primeras etapas de la práctica de Un Curso de Milagros, el Espíritu Santo es experimentado por nosotros, sus estudiantes, como un ser ajeno a nosotros mismos, el “agente especial” de Dios, concebido por Dios mismo para protegernos y guiarnos en aquellas situaciones del mundo ilusorio que de algún modo nos superan o nos resultan especialmente difíciles.
En la etapa más temprana, la confianza en el Espíritu Santo, nos acerca a la idea de un Dios dual, pero amistoso, que gradualmente, nos hace abandonar la idea de un Dios dual, rencoroso y vengativo, dispuesto a castigarnos por todos esos “pecados imaginarios” de los que creemos ser hacedores. En estos primeros estadíos, utilizamos al Espíritu Santo como una ayuda efectiva en el mundo ilusorio de la existencia corporal.
Más adelante, comprendemos que la verdadera función del Espíritu Santo no tiene nada que ver con este mundo ni con lo que aquí aparenta suceder, de modo que deja de percibirse como un guía en el sueño a través del cual alcanzar un sueño más cómodo (que no es más que un intento inconsciente de manipular y controlar el mundo), y comienza a interpretarse como el maestro interior que nos ayuda a sanar nuestra mente.
Si bien es cierto que la confianza en el Espíritu Santo es imprescindible, y que su guía para transitar por el sueño puede resultar efectiva, es igualmente cierto que si éste fuera su único propósito, no haría más que perpetuar este mundo y el pensamiento inherente de que nos hemos separado de Dios. De modo que quedarnos indefinidamente en esa fase inicial, no nos libera de engaño del ego, sino que nos mantiene eternamente atrapados en él.
En esencia, debe dejar de importarnos lo que sucede en el mundo, ya sean sucesos aparentemente “buenos”, o aparentemente “malos”. La verdadera guía del Espíritu Santo, nos ayuda a recordar que sólo hay una realidad, y es la realidad en Dios. De este modo, pasamos de la percepción de una existencia dual, a la absoluta identificación con la realidad no dual, un Dios único, Unidad, sin opuestos.
De manera que el Espíritu Santo no persigue el cambio en las condiciones externas de nuestras aparentes vidas ilusorias, sino que su interés se centra en el cambio en la mente de cada uno de nosotros, a fin de que podamos volver a experimentar una sola mente.
Esto es lo que cita el Curso en agunas de sus muchísimas referencias al Espíritu Santo:
“El objetivo del Espíritu Santo es ayudarnos a escapar del mundo de los sueños, enseñándonos cómo cambiar nuestra manera de pensar y cómo corregir nuestros errores. El perdón es el recurso de aprendizaje excelso que el Espíritu Santo utiliza para llevar a cabo ese cambio en nuestra manera de pensar. El Curso, no obstante, ofrece su propia definición de lo que en realidad es el perdón, así como también de lo que es el mundo…
El pecado se define como una “falta de Amor”. Puesto que lo único que existe es el Amor, para el Espíritu Santo el pecado no es otra cosa que un error que necesita correción, en vez de algo perverso que merece castigo…
Las relaciones especiales que se establecen en el mundo son destructivas, egoístas e “infantilmente” egocéntricas. Más si se le entregan al Espíritu Santo, pueden convertirse en lo más sagrado de la tierra: en los milagros que señalan el camino de retorno al Cielo. El mundo utiliza las relaciones especiales como el último recurso a favor de la exclusión y como una prueba de la realidad de la separación. El Espíritu Santo las transforma en perfectas lecciones de perdón y las utiliza como un medio para despertarnos del sueño. Cada una representa una oportunidad de sanar nuestras percepciones y de corregir nuestros errores. Cada una es una nueva oportunidad de perdonarnos a nosotros mismos, perdonando a otros. Y cada una viene a ser una invitación más al Espíritu Santo y al recuerdo de Dios…
El cuerpo aparenta ser en gran medida auto-motivado e independiente, más en realidad sólo responde a las intenciones de la mente. Si la mente lo utiliza para atacar, sea de la forma que sea, el cuerpo se convierte en la víctima de la enfermedad, la vejez y la decrepitud. Si la mente, en cambio, acepta el propósito del Espíritu Santo, el cuerpo se convierte en un medio eficaz de comunicación con otros –invulnerable mientras se le necesite- que luego sencillamente se descarta cuando deja de ser necesario. De por sí, el cuerpo es neutro, como lo es todo en el mundo de la percepción. Utilizarlo para los objetivos del ego o para los del Espíritu Santo depende enteramente de lo que la mente elija…
Lo opuesto a ver con los ojos del cuerpo es la visión de Cristo, la cual refleja fortaleza en vez de debilidad, unidad en vez de separación y amor en vez de miedo. Lo opuesto a oir con los oídos del cuerpo es la comunicación a través de la Voz que habla a favor de Dios, el Espíritu Santo, el cual mora en cada uno de nosotros. Su Voz nos parece distante y difícil de oir porque el ego, que habla a favor del yo falso y separado, parece hablar a voz en grito. Sin embargo, es todo lo contrario. El Espíritu Santo habla con una claridad inequívoca y ejerce una atracción irresistible. Nadie puede ser sordo a Sus Mensajes de liberación y esperanza, a no ser que elija identificarse con el cuerpo, ni nadie puede dejar de aceptar jubilosamente la visión de Cristo a cambio de la miserable imagen que tiene de sí mismo.
La visión de Cristo es el don del Espíritu Santo, la alternativa que Dios nos ha dado contra la ilusión de la separación y la creencia en la realidad del pecado, la culpabilidad y la muerte. Es la única corrección para todos los errores de percepción: la reconciliación de los aparentes opuestos en los que se basa el mundo…”