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El logro de la paz

Por Rosa María Wynn

 

Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe. En esto radica la paz de Dios”.

Éste es el resumen que de sí mismo hace Un Curso de Milagros en su introducción. Sin embargo, no parece posible que podamos alcanzar la paz en este mundo. Ni a nivel personal, familiar, o político. Si examinamos la historia de la humanidad, vemos que el conflicto, la guerra y la desdicha han sido nuestros acompañantes. Ciertamente todos hemos tenido momentos de felicidad, de tranquilidad, pero estos por lo general no han perdurado. La vida nos presenta continuamente situaciones que no parecen estar bajo nuestro control. Las relaciones personales, en especial, son la fuente de nuestros mayores sinsabores. La integridad no parece estar de moda, las relaciones son tan desechables como las servilletas de papel, la lealtad es una panacea, el miedo rige nuestras decisiones y nuestra palabra no tiene ningún valor.

   

Observando este panorama, no parece realista que la paz se pueda lograr. Sin embargo, esa es la meta de Un Curso de Milagros. Y la razón de que la paz sea su declarado objetivo, es que sólo en el estado de paz podemos recordar no tan solo nuestra verdadera Identidad, sino también a nuestro Creador.

El conflicto es la base del mundo que vemos. Y aunque muchos de nosotros nos hemos dedicado seriamente al logro de la iluminación, la liberación, o como se le quiera llamar, pocos nos damos cuenta de que la paz no es tan sólo la meta, sino el camino en sí.

Un Curso de Milagros afirma que para lograr la paz, ésta tiene que convertirse en lo único que deseamos. Mientras deseemos la paz, y al mismo tiempo deseemos otras cosas, la paz será algo pasajero. Y también lo será la felicidad, pues la paz es felicidad. De hecho, no hay otra felicidad que la paz. La paz es la máxima dicha.

Y todos deseamos ser felices, pero muchos buscamos esa felicidad fuera de nosotros, en posesiones, en objetivos mundanos, en cosas transitorias, en otra gente. Y todo eso nos fallará. Todo. Aquí nada es permanente. A todo le llega su fin. Y aunque esto puede verse de tal manera que nos produce tristeza, también puede verse como la mayor bendición, ya que implica que nada aquí es real, pues la característica de lo que es real es que es eterno. Y si lo que vemos no es real, podemos liberarnos, escaparnos de su agarre. Todo el poder que este mundo parece tener sobre nosotros, se lo hemos dado nosotros mismos. Nada puede realmente afectarnos salvo nuestros propios pensamientos. Nada tiene poder sobre nosotros. No hay lugar o tiempo donde podamos sufrir. Esto ciertamente no es fácil de entender o admitir, ya que nuestras experiencias aquí, en nuestra identificación con el falso yo, apuntan a lo contrario. Pero es la experiencia de todos aquellos que finalmente se han iluminado. Somos libres, y siempre lo hemos sido.

Nunca perdimos la paz, pues ese fue el estado en que fuimos creados, y si la paz fuera algo externo a nosotros, jamás la podríamos hallar. Lo que perdimos fue nuestra conciencia de ella. Ahora se tiene que convertir en aquello que deseamos por encima de todo. Y el camino que nos lleva a ese logro, es el del perdón. No podemos tener paz sin el perdón. Esa es la razón de que el perdón sea la base fundamental del Curso, pero no se trata del perdón del que el mundo habla. El verdadero perdón es saber que nadie jamás nos ha hecho nada. Esto se puede entender intelectualmente, pero llegar a vivir desde esa perspectiva es la verdadera liberación, y por ende, el umbral a la paz.

El perdón, para que sea más que un simple ejercicio mental, tiene que ser un camino para ti. En otras palabras, perdonar es una decisión que tú tomas. Es decidir que vas a perdonarlo todo, no importa qué. Perdonar implica que estás dispuesto a ver las cosas de otra manera. Esa es tu contribución a la felicidad que anhelas, ya que implica que deseas la paz por encima de todo.

En aquellos momentos en que nos encontramos consumidos en juicios y condena, lo que menos queremos es perdonar, pero como ya sabemos que sólo el perdón nos va a sacar de la miseria, pedimos ayuda. Y esa Ayuda se encuentra en nosotros y tenemos total acceso a Ella. Pero tienes que dar tu consentimiento a que el perdón se dé, pues es tu deseo lo que lo logrará. Aquí es donde el estudio del Curso es algo más que leer y repetir la lección del día. Es un "hacer", un acto que refleja nuestra intención de liberarnos, de nuestra meta de paz.

Lo esencial es recordar que no podemos perdonar lo que hemos percibido como un ataque. Si tú estás seriamente comprometido al objetivo de paz, y utilizas el perdón como medio, lo primero que harás es renunciar a tu interpretación del asunto, y ahí es que entra en juego tu buena voluntad y tu declarado propósito. Mas si no estás dispuesto a renunciar a tu manera de ver las cosas, le puedes entregar esa renuencia al Espíritu Santo. El Curso enfatiza el hecho de que no se pueden hacer excepciones al aplicar el perdón. Nadie puede quedar excluido de él.

Cuando suficientes de nosotros hayamos dado el salto, el milagro se hará en nuestras vidas, en nuestra percepción, y lo que contemplaremos será un mundo perdonado, un mundo feliz. Esa es la promesa del Curso. Entiendo que suene como a “Alicia en el País de las Maravillas”, pero incluso la ciencia ya sabe que el mundo que vemos es una construcción mental. Obviamente no pudo ser éste el mundo que la Fuente del Amor pudo haber creado. Sólo nuestro absoluto deseo de paz producirá en nosotros la percepción de otro mundo, lo que el Curso llama el mundo real, el mundo perdonado, que aunque no es la verdad absoluta, es el trampolín a ésta.

El guerrero espiritual tiene que deshacerse de su importancia personal, su vanidad, su deseo de ser especial, su empeño en tener la razón. Esto es lo que no le permite perdonar, ese falso amor propio. Sin embargo, su Ser, una vez que la decisión de perdonar todo, no importa qué, se haya tomado, lo llevará por la senda del perdón, y finalmente a la paz.

 


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