El problema de la autoridad
Publicado en “Boletín Mensual de Milagros en Red” (nº 96, Abril 2010), por Patricia Besada de www.milagrosenred.org, traducido del texto original en inglés de Jon Mundy.
Simplemente, no podemos creer que si nos entregásemos e hiciéramos lo que Dios quiere que hagamos, seríamos felices.
Parece un sacrificio, pero un sacrificio no es tal si en verdad no estamos perdiendo nada y ganando todo.
Nuestro verdadero temor no es al dolor o a la crucifixión, nuestro temor real es a la redención o al amor.
Una de las cosas que está bien clara con los niños, es que ellos, al igual que todos nosotros, estamos limitados según el ego.
La diferencia entre los adultos y los niños es que nosotros aprendemos a enmascarar a nuestro ego de forma tal que podamos demostrar una apariencia de genuina amistad, generosidad y preocupación por los otros.
Todos hemos aprendido a mantener a nuestros egos contenidos y no sobreexcedernos con nuestro egoísmo. Esto se llama ser civilizado.
Los niños, aunque también limitados por el ego, no se defienden tan bien. Es muy fácil ver cómo sus egos están sueltos. Impulsivamente, son más egoístas. También es más fácil ver que el problema básico con los niños es el problema de autoridad:
· Quieren hacer todo lo que quieren
· Quieren hacerlo cuando quieren
· Quieren hacerlo por sí mismos
· Quieren hacerlo a su forma
Y al igual que los niños, nuestro problema básico es un problema de autoridad.
Simplemente, no tenemos la voluntad de entregarle todo a Dios, porque parece que de hacerlo, no tendríamos más voluntad propia.
Sin embargo, no podemos ser totalmente felices hasta que nuestra voluntad sea Su voluntad, es decir, hasta que estemos cumpliendo con un plan que no es nuestro, sino más bien que nos ha sido dado.
Nuestro problema básico es que le decimos a Dios: “Muchas gracias, pero prefiero hacerlo yo mismo”. Y Dios nos dice: “Tienes libre albedrío, puedes hacer lo que quieras. Mientras tanto, siempre voy a estar aquí por si quieres algo de ayuda”.
Cuando trabajamos con Dios puede parecer que somos afortunados, pero no hay ninguna suerte en cumplir la Voluntad de Dios.
Los milagros no deberían estar bajo nuestro control consciente. Si son controlados conscientemente, los milagros pueden proceder de un falso asesoramiento (T‐1.I.5:3).
Nuestra tarea es simplemente la de entregar todo a la fuente suprema que somos.
Cuando nos ponemos en contacto con nuestro destino es como si los ángeles nos estuvieran empujando suavemente, las puertas comienzan a abrirse y la vida se siente maravillosa y en libertad.
No Hay Que Hacer Nada
Una mente perturbada está indecisa, dubitativa y es ambigua.
¿No está tu mente en paz acaso, cuando está claro para ti lo que tienes que hacer y cómo hacerlo?
Nos encanta estar ocupados y tener cosas que hacer. Nos da una sensación de conseguir cosas y nos aporta un sentido de orden y dirección. Por supuesto, estar ocupado no siempre es una señal de estar saludables.
Puede transformarse fácilmente en un mecanismo de negación y de evasión.
Sin embargo, nuestras mentes descansan cuando hay un camino claro que podamos seguir.
Nos gusta sentir que con cada paso que damos, estamos yendo a algún lado. Dios ha tendido un camino claro que nos conduce a Su Reino.
Al seguirlo, estamos siguiendo la Voluntad de Dios, las cosas van mejor y somos más felices.
Estamos aquí para sanar y para ser sanados.
Cuánto antes nos pongamos a hacer aquello que vinimos a hacer, más felices seremos.
Pero habiendo dicho esto, tengo que agregar lo siguiente:
No hay nada en este mundo que necesitemos hacer.
No tenemos que escribir ningún libro o construir ningún puente.
No tenemos que tener hijos o una casa propia.
Nuestra tarea primordial es la de hacernos a un lado y dejar que Él sea nuestro maestro. La Lección 155 dice: “Meharé a un lado y dejaré que Él me muestre el camino”.
Quitamos los obstáculos que nos impiden ser conscientes de la presencia del amor cuando dejamos atrás nuestras defensas, incluyendo la defensa que llamamos planificar.
Simplemente, no necesitamos controlar, gobernar, dirigir y manipular cada situación.
Lo único que tenemos que hacer es responder.
Recibir en lugar de planear ‐ Dar en lugar de organizar
En la Lección 135 se nos pide que dispongamos de 15 minutos dos veces en el día para descansar de los planes sin sentido.
No estamos en posición de entregar instantáneamente todos nuestros planes y volvernos a Dios, por lo tanto Él despierta en nosotros lentamente. Lo que es apasionante del Curso es que funciona y es suave.
Nos permite avanzar dando un paso cada vez. Es como dejar alguna adicción.
Abandonándola gradualmente, no nos atemorizamos por el cambio repentino.
No tenemos que tener miedo de que se nos “vaya a elevar y a arrojar abruptamente alarealidad” (T‐16‐VI.8:1).
El Curso nos ayuda a dar un paso cada vez para que nuestro camino sea suave.
Solo parece lleno de baches cuando nosotros tratamos de ir muy rápido.
Lo único que se nos pide es recibir en lugar de planificar.
En vez de organizar, dirigir y administrar todo y a todos, simplemente se nos pide amar. Amar no necesita de ningún plan.
Al dejar de lado nuestras defensas, nuestro verdadero Ser, el verdadero Yo, el verdadero Tu que desde siempre has sido, automáticamente toma su lugar.
Cuando dejamos nuestras defensas de lado, lo único que nos queda es amor, y amor es lo único que necesitamos. Lo único que tienes que hacer con un niño es amarlo.
No tenemos que tratar de descifrar la verdad.
De hecho, nunca vamos a descifrarla. Jesús nos pide que dejemos de hacerlo y que dejemos de organizar todo.
Permitámosle hacerlo a Él por un tiempo. Recibamos en lugar de planear (LE‐pI.135.22:2).
El Curso no nos pide que nunca más hagamos un plan. Sólo nos pide que no los hagamos solos.
Hay alguien que está deseoso de ayudar. Hay alguien más para darnos un consejo muy sabio.
Nuestra vida externa no cambia cuando dejamos que nuestro guía interior nos ayude. Tan sólo mejora.
Hay una manera de vivir en el mundo que no es del mundo, aunque parezca serlo. No cambias de apariencia, aunque si sonríes mucho más a menudo. Tu frente se mantiene serena, tus ojos están tranquilos. L‐pI.155.1‐3