Experimentos han demostrado que la persona que está utilizando sus neuronas espejo puede aprender mucho más rápido. Se ha hecho comparaciones entre diferentes estudiantes de piano, por ejemplo, o de baile y se ha comprobado que aprenden mejor si pueden observar a otra persona tocando o bailando la misma pieza. Otro ejemplo del efecto de estas neuronas es lo difícil que es resistir un bostezo o un bocado en el momento de ver a otra persona bostezando o comiendo. Estas neuronas están activas aún cuando solamente escuchamos un sonido conocido, como por ejemplo el ruido reconocible de la loza cuando alguien está tomando té en otra sala.
El camino hacia la crisis educacional
Volviendo ahora al tema educacional, revisemos algo de historia. Primeramente los niños aprendían todo de sus padres. Si el padre leía, los niños aprendían a leer. Si el padre cabalgaba, el niño cabalgaba. En tiempos coloniales uno de los criados era la institutriz o aya que cuidaba a los niños y los ayudaba a aprender. Algunas organizaciones caritativas comenzaron a crear escuelas para que los niños de la clase baja también aprendieran a leer. Pero en tiempo de guerra, especialmente de la primera guerra mundial, los hombres se hicieron escasos y por lo tanto más y más mujeres comenzaron a trabajar fuera del hogar.
Los colegios, que al principio funcionaban sólo tres o cuatro horas al día y por cuatro ó cinco meses del año, se hicieron más importantes en la sociedad; ahora tenían que funcionar como niñeras, además de proporcionar toda la educación del niño. Al comienzo los padres todavía se sentían involucrados en la crianza de sus hijos. Ellos decidían a cual colegio irían y, si habían tareas importantes en casa (la cosecha) o viajes que hacer, nadie se preocupaba que faltaran a la escuela por algún tiempo. Todavía quedaban el verano, los fines de semana, las fiestas comunitarias, las tardes libres para participar en las actividades del hogar y seguir aprendiendo y activando las neuronas.
Pero luego llegaron las leyes que obligan la escolaridad; llegaron las tareas escolares para hacer en casa, más horas y más días de clase, y últimamente la jornada completa. Además, se inventó el kindergarten y ahora el prekinder y el parvulario. Increíblemente, muchos padres ponen a sus hijos en guarderías a sólo meses de vida. La enseñanza media se ha alargado, las vacaciones se han acortado, y uno se pregunta, ¿qué tiempo queda para estimular esas neuronas? Si los niños están siempre con otros niños de la misma edad y condición, ¿cómo pueden aprender a ser adultos en la forma que sus cerebros están diseñados para aprender? Se podría decir entonces que la crisis educacional se deriva de la crisis de la familia y a la falta de estímulo apropiado para las neuronas espejo.
El secreto de la educación en familia
En verdad, las familias educadoras nunca han dejado de existir. Muchos líderes y genios que dejaron sus huellas en el mundo fueron autodidactas. Aprendieron, comenzando en el hogar y siguiendo durante toda la vida, sacando lecciones del entorno, observando causas y efectos, conversando con gente humilde pero sabia. Entre ellos se puede mencionar a por lo menos diez presidentes de Estados Unidos; también a Thomas Edison, Benjamín Franklin, Pierre Curie, Claude Monet, Leo Tolstoy, W.A. Mozart, Irving Berlin, Gabriela Mistral, C.S. Lewis, Charlie Chaplin, Whoopi Goldberg, Albert Einstein, Leonardo da Vinci y muchos otros. Sus padres o sus circunstancias les permitieron aprender en forma natural.
Los niños aprenden a caminar sin que nadie les enseñe, ¿cómo? Observando a los adultos en su entorno. El niño aprende a ser misericordioso al observar a su madre ayudando a la vecina. Los padres que demuestran cortesía en el hogar y en la carretera, verán esos mismos rasgos reflejados en sus hijos. Y los padres que sienten la responsabilidad que les otorga la presencia de sus hijos estarán motivados a demostrar el temperamento y los hábitos que desean ver en ellos.
El niño que acompaña a su madre a la feria o al mercado, o que va con su padre al banco o a la tienda, estará aprendiendo mejor las matemáticas de lo que podría lograr en la escuela. Los niños cuyos padres leen el diario, reciben revistas, compran libros, recitan poesías y hacen discursos, esos niños tendrán un vocabulario y capacidades lingüísticas más desarrolladas que sus pares en el colegio. Los niños que pueden acompañar a sus padres a votar y que participan en las discusiones en torno a las elecciones lograrán una comprensión del sistema político y gubernamental que el colegio nunca proveerá. Son actividades realizadas dentro del contexto, y por lo tanto dan significado a lo ocurrido.
Si el dinero gastado en textos y ropa de colegio se dedicara a viajes a lugares de interés, si los abuelitos cooperaran contando sus memorias del pasado, si toda la familia se dedicara a aprender un nuevo idioma, ¡qué ventaja tendrían aquellos niños! Sus conocimientos de la geografía, la historia y muchos otros temas se amplificarían, pero lo que es más, su comprensión de esos temas, de su importancia y aplicación a la vida, sería mucho mayor. Es nada menos que fisiológico que los niños aprendan cosas relacionadas a los intereses de sus padres y adultos cercanos. Lo que ocurre en el colegio no está relacionado con su vida, por lo tanto sus neuronas están adormecidas de modo que no logran aprender.
La única reforma que dará éxito
Hace falta una gran revolución: Una revolución de niños que rechazan ir a la escuela por puro pasar el tiempo, porque prefieren aprender de verdad; una revolución de padres que aceptan su responsabilidad de manejar la familia, tomando tiempo con sus hijos para así lograr una mejor sociedad; una revolución de profesores que estén dispuestos a fomentar el aprendizaje natural y animar a los padres en su responsabilidad para con sus hijos; una revolución en el gobierno que–en vez de pretender que todos son iguales–se dedique a crear espacio para el libre albedrío, reconociendo que somos todos diferentes y lo que sirve para uno no funciona para otro. Esto significa permitir una variedad de colegios e instituciones educativas, a la vez que permitir y apoyar a las familias educadoras.
La reforma que falta dará a los profesores la oportunidad de enseñar a su manera, en base a su
experiencia. Si los niños siguen sin aprender, es porque el profesor está mal ubicado. Debería buscar otro trabajo, pues no se puede entrenar a una persona para ser profesor si en realidad no lo es. El profesorado debería estar compuesto de los mejores en su materia, pero ahora tenemos un dicho: que el que puede, hace, y el que no puede, enseña. Pensando otra vez en las neuronas espejo, no es nada asombroso que exista una crisis educacional. Si se pagara bien a los pocos profesores que saben inspirar a los alumnos, y se despidieran a los demás, empleando a madres y abuelas entretanto, es lógico que daría mejores resultados que las presentes "reformas".
La única reforma que cumplirá los sueños del ciudadano es aquella que se basa en la recuperación de la familia y que facilita la acción de esas neuronas. Llevar los niños al trabajo, traer el trabajo a casa, llevar la clase al negocio o implementar actividades de la vida real (como participar en la construcción de casas para damnificados, por ejemplo) son métodos que dan resultados seguros. Los colegios pueden ser ferias de conocimiento, donde gente de cualquiera edad puede ir a aprender lo que se les antoja; donde los profesores "venden" su conocimiento como si estuvieran vendiendo un buen auto o una alfombra; y donde los alumnos asisten porque tienen preguntas o inquietudes o simplemente ganas de saber. Cuando la educación es un privilegio, todos querrán aprender.
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