Lo que vemos en el exterior es un reflejo de nuestros pensamientos
Escrito por Georgina Arteaga-Carlebach, publicado en Facebook
La percepción es congruente. Lo que ves refleja lo que piensas. Y lo que piensas no es sino un reflejo de lo que quieres ver. Tus valores determinan esto, pues no puedes sino desear ver aquello que valoras, al creer que lo que ves existe realmente. Nadie puede ver un mundo al que su mente no le haya conferido valor. Y nadie puede dejar de ver lo que cree desear. (L130.1)
Vemos lo que primero elegimos ver, consciente o inconscientemente, proyectamos al exterior nuestra culpa o nuestro amor, nuestro miedo o nuestro perdón, es una decisión personal el pensamiento que generamos y luego lanzamos al exterior, y el resultado que recibiremos es el mismo, porque dar y recibir son uno y lo mismo. Es nuestra la elección entre mantenernos como un Pensamiento de Dios, o del ego, es decidir si aceptamos ser el Hijo de Dios. Tendremos que llegar a reconocer en el camino que somos nosotros los únicos responsables de fabricar y proyectar todos los diversos estados de malestar que resultan de no obtener lo que se espera, que la autonomía y la autodeterminación del ser humano no dependen de la liberación de las presiones externas, sino de la elección consciente que éste hace de sus pensamientos, creencias, objetivos, valores y acciones, mismos que le otorgan su autenticidad, y ésta supone la congruencia entre la experiencia interna y la expresión externa, entre las creencias y la conducta.
Con el ego nos movemos y tomamos decisiones día con día, minuto a minuto, y marca que cuando negamos algo en nosotros lo vamos a proyectar, y el mecanismo es que primero nos enjuiciamos, luego lo negamos en nosotros, y al final lo proyectamos a otro hermano y lo vemos a él como responsable de lo que acabamos de enjuiciar. Todo este juego que manejamos es solo para no aceptar nuestra responsabilidad al caminar por la vida, es un juego inconsciente en el que proyectamos nuestras culpas y miedos, es una forma de manifestación de no querer aceptar la responsabilidad de que nosotros hemos fabricado todo lo que vemos, que nos protegemos y al hacerlo no podemos aceptarlo, no podemos hacernos responsables de lo que nuestra mente genera, y no podemos sanar tampoco.
Amor y felicidad van unidos, el perdón nos permite experimentarlo, y el Espíritu Santo nos enseña las lecciones del perdón para lograrlo. En el proceso de decisión es en el que elegimos cual de los dos mundo queremos experimentar: el del ego o el del Espíritu Santo, el mundo del miedo o el mundo del amor, solo que no podemos estar en los dos porque se contraponen.
Es imposible ver dos mundos que no tienen nada en común. Si vas en pos de uno, el otro desaparece. Sólo uno de ellos puede permanecer. Ambos constituyen la gama de alternativas que tienes ante ti, más allá de la cual no hay nada que puedas elegir. Lo real y lo irreal son las únicas alternativas entre las que puedes elegir. No hay ninguna otra. (L130.5).
En el sistema de pensamiento del Espíritu Santo nosotros no podemos ser atacados y por lo tanto no se justifica el atacar ni odiar a nadie, mas bien observar que cada persona en nuestra vida que pensamos nos ha dañado en el pasado, en realidad ha sido nuestro mejor maestro, y por lo mismo podemos tener un punto de agradecimiento, y que no requerimos defendernos de nada, que nosotros somos responsables de lo que vemos, pensamos y nos hacemos, que es nuestro sistema de pensamiento el que siempre determinará nuestro comportamiento, manejará cada una de nuestras reacciones, conducirá el tipo de relaciones que vamos estableciendo en la vida, los mensajes que emitimos, y lo que aún parece necesitamos aprender es que en nuestra indefensión radica nuestra seguridad, que la fortaleza no está en el ataque, sino en el amor, requerimos aprender que el amor nunca nos debilita, por el contrario nos llena de fuerza y nos ofrece una libertad que pensábamos no teníamos.
Finalmente es observarnos, es darnos la oportunidad de explorar una nueva lección, un nuevo aprendizaje, en el que nada externo a nosotros mismos tiene el poder de hacernos daño, de causarnos dolor o sufrimiento, al igual que nosotros tampoco podemos dañar a nadie, es llegar a descubrir que tenemos el poder de deshacer aquello con lo que por años nos hemos estado crucificando y restablecer la paz, la felicidad y el amor que necesitamos, cambiando una forma de pensar, pues nuestros pensamientos no son neutros, tienen un efecto. De hecho, hay muchas cosas que nos hieren y muchas que no, y eso depende de quién venga la ofensa (relación especial). De lo que estamos hablando no es nada nuevo, la cuestión es aprender a ser consciente en todo momento que nada ni nadie tiene el poder de disminuir, quitar o llevarse la Paz y el Amor de Dios en nosotros.
Es el Espíritu Santo Quien nos ofrece la única herramienta para liberarnos, el perdón sanador, los transforma en nuevos pensamientos de amor y felicidad, los dones que Dios nos regaló. Si dejamos de colocar nuestra atención en el exterior, que nada nos ofrece, podremos descubrir que son solo pensamientos erróneos que hemos guardado por años, y con ello nos hemos negado la paz.
Perdonémonos primero los errores del pasado, experimentemos y enseñemos solo amor porque eso es lo que somos, reencontrémonos con nuestro espíritu perfecto, recuperemos la enseñanza que se nos ofrece, y entendamos que si seguimos aún lastimándonos no podremos desarrollar nuestra ya de por sí mermada capacidad de sentirnos agradecidos, en abundancia, en completitud y Unidad, pues cómo podríamos experimentar esto si no nos sentimos en paz, en amor, con alegría, satisfacción, gratitud, y jubilo. No se puede amar lo que no se conoce y no se aprecia, y para poder reconocer, apreciar y darle valor a la expresión de lo que somos (un espíritu perfecto), tomemos la decisión de deshacer lo que nos lo impide a través del perdón, que finalmente es solo un pensamiento de antaño que no podemos ya ni siquiera recordar cuándo se generó.
Solo en la quietud de la mente podemos encontrar el perdón y la verdad que nos hacen libres de pensamientos de culpa y miedo, de juicios que provienen de un pasado que podemos cerrar en el presente, aquí y ahora es donde nos perdonamos y perdonamos al mundo, donde demostramos que somos invulnerables al ataque, donde reconocemos que tal vez otros pueden herir nuestros cuerpos, destruir nuestras casas, pero no pueden destruir nuestra esencia. Es aquí en el presente en donde reconocemos que no somos responsables de la conducta de otras personas, pero sí lo somos de la creencia de que dicho comportamiento está relacionado directamente con nosotros, cuando en realidad no tiene nada que ver, es en el presente el espacio en el que perdonamos y con ello volvemos a elegir. Porque en tanto sigamos creyendo que otros tienen el poder de herirnos, en el pasado, el presente o el futuro, no podremos recordar nuestra verdadera Identidad, no alcanzaremos la verdad, por lo que perdonar a otros es llegar a reconocer que nunca nos hicieron nada.
Siempre que eliges tomar una decisión para ti solo estás pensando destructivamente y la decisión será errónea. Te hará daño por razón del concepto de decisión que te condujo a ella. No es verdad que puedas tomar decisiones por tu cuenta, o para ti solo. Ningún pensamiento del Hijo de Dios puede estar separado o tener efectos aislados. Cada decisión que se toma, se toma para toda la Filiación, es aplicable tanto a lo interno como a lo externo y afecta a una constelación mucho mayor que nada que jamás hayas podido concebir. (T14.III.9)
Necesitamos tomar la decisión de observar que las relaciones que establecemos son para conocernos y encontrarnos a nosotros mismos, para perdonarnos, valorarnos y darnos amor, en cada una de ellas está contenido un propósito de enseñanza y aprendizaje, de dar y recibir, de amor incondicional, de unidad, que nos proporcionen felicidad, paz interior, que permitan trascender, evolucionar, compartir, que lo lleven a uno a experimentar la unidad dentro de la diversidad. Es necesario mantener siempre en mente que todas y cada una de nuestras relaciones están establecidas sobre las creencias que tenemos de nosotros mismos, lo que pensamos de nosotros mismos, el amor, el perdón y la compasión que nos ofrecemos día con día, y esto determinará con quién y cómo nos relacionamos, y esto genera que en la mayoría de las ocasiones, cuando nosotros cambiamos de pensamiento sobre quiénes somos, y encontramos a partir de este cambio todo lo que valemos y nos merecemos, nos empezamos a relacionar de una manera diferente, y nuestras relaciones son modificadas.
Cuando ninguna percepción se interponga entre Dios y Sus creaciones, o entre Sus Hijos y las suyas, el conocimiento de la creación no podrá sino continuar eternamente. Los reflejos que aceptas en el espejo de tu mente mientras estás en el tiempo o bien te acercan a la eternidad o bien te alejan de ella. Pero la eternidad en sí está más allá del tiempo. Salte del tiempo y con la ayuda del reflejo de la eternidad en ti, extiéndete y tócala. Y pasarás del tiempo a la santidad tan inevitablemente como el reflejo de la santidad exhorta a todos a dejar a un lado la culpabilidad. Sé un reflejo de la paz del Cielo aquí y lleva este mundo al Cielo, pues el reflejo de la verdad atrae a todo el mundo a ésta, y a medida que todos entran en ella, dejan atrás todos los reflejos. (T14.X.1)
Cuando nos alejamos de los mensajes del ego, perdonamos un pecado que no existe, corregimos pensamientos de separación, dolor y sufrimiento, podemos descansar en Dios, aceptando Su Voluntad como la nuestra, descansamos en la eternidad, en el sin tiempo, y con este solo pensamiento invitamos a nuestros hermanos a esta unión bendecida por nuestro Padre, y en este nuevo espacio de encuentro reconocemos que nuestra función es la que Dios nos ha dado. El presente nos abre la oportunidad de tomar nuevas decisiones, en las que podemos observar el exterior que habíamos visto como un espacio limitante solo como un reflejo de nuestro sistema de pensamiento, lograr un aprendizaje, y cambiar el añejo pensamiento de escasez, desamor, falta de perdón, y miedo, por el de un mundo perdonado, en paz, feliz, en abundancia y amor.
Nuestro Hermano Mayor Jesús, en el mensaje que nos ofrece en Un Curso de Milagros® no pide que hagamos nada, solo que tratemos de observar nuestra vida y nuestro entorno de otra manera, nos recuerda que hay otras formas de observar el mundo y nuestra vida diferentes a las que hemos estado usando por tantos años sin darnos cuenta, que aceptemos que cuando mantenemos nuestra decisión es porque cambiarla nos hace sentir miedo porque no conocemos esa experiencia, porque preferimos quedarnos en un estado de confort falso. Que hemos tomado la decisión de no modificar nada en nuestras vidas porque esto representa aceptar el Amor de Dios y esto nos causa miedo. Darnos cuenta que no nos da miedo lo que pensamos, que es el Amor de Dios el que nos da miedo porque sentimos que ante la presencia de Su Amor, la cual desconocemos, nos podemos debilitar y desaparecer en la nada. Que nuestro miedo no radica en no encontrar a Dios, nuestro miedo es encontrarlo y no saber que hacer ante Su Presencia.
Nos lleva un buen tiempo poder incorporar este pensamiento en nuestras vidas, pero finalmente un buen día, podemos llegar a comprender que el amor es algo con lo que nacemos, que nos pertenece, que este regalo ya nos fue otorgado por Aquel que tanto nos ama, que ya no tenemos que buscarlo en ninguna parte ni tampoco solicitarlo, que no requerimos de ninguna fórmula especial para ser merecedores de él. Ese día comprendemos que lo único que tenemos que hacer es aceptar humildemente el Amor de Dios, que Él amorosamente nos Creó con Amor y dejó éste grabado en nuestro espíritu para que nunca lo olvidásemos. Cuando llega ese día aprendemos que nuestro miedo de acercarnos al amor y de experimentar una constante felicidad, era debido a una grabación errónea que manteníamos en nuestra mente sin darnos cuenta de ello. Que por años nos estuvimos cuestionando si éramos merecedores de un regalo de esta magnitud, olvidándonos que somos un producto del Amor de Dios y que el amor es la cimentación de todo en nuestra vida. Es el reconocimiento y aceptación de uno mismo. Es Él en nuestro espíritu. Es un pensamiento de humildad para saber recibir el regalo que nos fue entregado cuando fuimos creados.
El mundo que la mayoría deseamos experimentar es un mundo de paz, un mundo en el que dar y recibir es lo mismo, en el que nos sentimos en amor y felicidad, en el que entendemos y aceptamos que somos merecedores del Amor de Dios, un mundo en el sabemos que Él vive dentro de cada uno de nosotros. Si deseamos experimentar el amor necesitamos primero aceptar que somos merecedores de ser él y que somos el amor en sí mismo, y pasar por alto las ilusiones fabricadas por el sistema de pensamiento adictivo al dolor y al sufrimiento, ya que el Amor se encuentra más allá.
Este mundo de luz, este círculo de luminosidad es el mundo real, donde la culpabilidad se topa con el perdón. Ahí el mundo exterior se ve con ojos nuevos, libre de toda sombra de culpabilidad. Aquí te encuentras perdonado, pues aquí has perdonado a todo el mundo. He aquí la nueva percepción donde todo es luminoso y brilla con inocencia, donde todo ha sido purificado en las aguas del perdón y se encuentra libre de cualquier pensamiento maligno que jamás hayas proyectado sobre él. Ahí no se ataca al Hijo de Dios, y a ti se te da la bienvenida. Ahí se encuentra tu inocencia, esperando para envolverte, protegerte y prepararte para el paso final de tu viaje interno. Ahí se dejan de lado los sombríos y pesados cortinajes de la culpabilidad, los cuales quedan dulcemente reemplazados por la pureza y el amor. (T18.IX.9