¿Porqué Dios no me ilumina ya?
Publicado en “Boletín Mensual de Milagros en Red” (nº 90, Octubre 2009), por Patricia Besada de www.milagrosenred.org, traducido del texto original en inglés de Allen Watson.
¡Cuántas veces te habrás hecho esta pregunta! ¿Porqué Dios no me hace despertar ya? A veces pareciera que Dios está atormentándonos con el mundo real y habladurías sobre la mente correcta, prometiéndonos la felicidad perfecta y paz inquebrantable, y, sin embargo, nos deja aquí para que nos revolquemos en nuestra confusión y sufrimiento por alguna razón particular Suya.
Si esto es lo que Dios hace, Dios es un sádico. ¡Si Dios fuera un Dios bueno, seguramente no nos torturaría así! Y si Dios no es bueno, será mejor que nos olvidemos de este tema de la espiritualidad, y que simplemente hagamos lo mejor para disfrutar de lo que podamos mientras no se nos quite todo.
Pero olvidémonos de esa línea de pensamiento; si vamos a basar nuestra creencia en algo, basémosla en la presunción de que Dios es amor, como se nos asegura en la Biblia y en el Curso. Así que si Dios realmente nos ama, debe haber una buena razón -una razón amorosa- por la cual Él no nos ilumina ya. El Curso nos da respuesta en por lo menos media docena de lugares, con una variedad de explicaciones.
Esta pregunta es común en los buscadores espirituales, y Jesús responde desde varios ángulos distintos, de forma tal que nos quede bien claro la existencia de muchas buenas razones.
Iluminarnos ya violaría la propia ley de Dios sobre causa y efecto. En la sección “Causa y Efecto” del Capítulo 2, Jesús señala que pedirle que nos quite el miedo no tendrá efecto, porque eso es algo que hace falta que hagamos por nosotros mismos (ver T-2.VII.1:1.3).
Hay una conexión estrecha entre la liberación del temor y la iluminación; de hecho, ya que el sistema de pensamiento del ego deriva completamente del miedo, uno podría decir que son sinónimos, ya que la liberación del temor presupone una liberación del ego.
Pedirle a Jesús o a Dios que quiten nuestro temor, es igual a pedirles que nos quiten el ego, o pedirles que nos conviertan en seres iluminados.
La razón que Jesús nos da es: “perdón, eso no es posible”. En cambio, dice que si él interviniera de esa manera, estaría interfiriendo en la ley básica de causa y efecto. T-2:VII.1:4
Creo que es útil darnos cuenta qué causa y qué efecto está teniendo en mente. El efecto del que él habla, obviamente, es nuestro temor. No nos gusta el temor, queremos que él lo remueva, y dice que hacerlo sería intervenir entre tus pensamientos y sus resultados. T2.VII.1:4
Entonces, la causa es nuestro pensamiento, y el efecto es nuestro temor. En otras palabras, nosotros somos los que nos causamos el temor. Nuestras mentes son el origen del temor, no aquello que está fuera de nuestras mentes, y sólo nuestras mentes pueden controlar eso.
Nuestros temores son el resultado de nuestros pensamientos. Si de alguna manera, Jesús o Dios cancelaran nuestros temores a pesar de nuestros pensamientos, sería una violación de la ley de causa y efecto.
Si Dios nos iluminara ya, aprenderíamos que nuestra mente es impotente. Además de todo lo hasta aquí expuesto, al hacer caso omiso de los efectos en nuestras mentes, estaría despreciando el poder de nuestros pensamientos (T-2.VII.1:5), tanto por devaluarlos como por menospreciarlos.
El Curso nunca se tomaría el poder de nuestra mente a la ligera; es más, se esfuerza por enseñarnos cuán poderoso es (T-2.VII.1:6).
El poder de la mente es lo que a la larga nos salvará y salvará al mundo. El poder de la mente es el hilo conductor significativo que contiene el Capítulo 2. En T-2.III.4:6 nos dice que al mirar más allá del error hacia la Expiación, la visión espiritual reestablece el poder de la mente.
En T-2.IV.3:13, se nos aconseja que no neguemos los efectos de la mente (existencia del cuerpo) porque eso también niega el poder de la mente.
En T-2.VI.9, Jesús nos dice que hace falta que nos demos cuenta cabalmente de lo poderosa que es la mente en realidad. ¡De hecho, ese párrafo también nos dice que hemos elegido ver la mente como algo débil porque tenemos miedo de nuestros pensamientos y del poder que tienen! Si Jesús se aviniera a quitarnos el miedo y depreciar el poder de la mente, en realidad estaría reforzando el engaño del ego y fortaleciendo la causa de nuestro temor. Estaría arrancándonos lo único que nos puede salvar en última instancia.
En su lugar, él nos recuerda que no vigilamos nuestros pensamientos lo suficiente (T-2.VII.1:7), que es lo mismo que nos dijo antes en T- 2.VI.4:6 acerca de las “divagaciones” de la mente.
Nuestros pensamientos son la causa, y el temor es el efecto. Si Dios no va a intervenir entre causa y efecto, entonces sólo puede haber una solución: tenemos que vigilar nuestros pensamientos y hacer una limpieza en la mente. Tenemos que hacernos cargo de los pensamientos que están causando nuestros temores. En este punto, nos encontramos con una de esas instancias increíbles en el Texto cuando Jesús parece saber exactamente lo que estamos pensando en reacción a lo que acaba de decir.
En este caso, cuando leemos que hace falta que vigilemos nuestros pensamientos y evitemos que la mente divague, casi todos pensamos, “¡Sí, claro! ¡Qué posibilidad tengo yo con mi mente! ¿Cómo diablos haré para evitar que mi mente divague? ¿Cómo hacer para dejar fuera al ego?”
Los Budistas le dicen “mente de mono” a la forma en que nuestras mentes se disparan sin control cuando tratamos de meditar, haciendo una comparación con el mono que salta de un lado al otro constantemente. ¡Y no hablan de cualquier mono, sino de un mono que está ebrio y que acaba de ser picado por un escorpión!
Así es nuestra mente. Es por ello que le pedimos que nos ilumine con un clic porque de hecho, nos sentimos incapaces de domar a la mente. Si no podemos controlar la mente cuando nos disponemos a meditar, aún cuando intentamos concentrar nuestra atención en aquietar esos pensamientos salvajes y dementes, ¿qué esperanza tenemos de vigilarlos en plena lucha cotidiana? Haría falta un milagro, ¿verdad? Y Jesús, con humor, destaca que sí, que “eso es absolutamente cierto” (1:8). ¡Sí, hará falta un milagro, pero esto es un curso en milagros!
No estamos acostumbrados a pensar en términos de milagros, pero “se te puede enseñar a pensar de esa manera” (1:9).
Ese es precisamente el tipo de instrucción que necesitamos como obradores de milagros (1:10), y es exactamente la capacitación que ofrece este curso. Pensamos que no lo podemos hacer; pensamos que necesitamos que Dios lo haga por nosotros en un instante, sin ningún esfuerzo de nuestra parte. No nos sentimos capaces de realizar el esfuerzo que requiere, pensamos que no lo merecemos y no queremos hacer el esfuerzo que creemos que se requiere de nosotros.
Ese es el tipo de milagro que queremos: algo que nos ilumine sin ningún esfuerzo por nuestra parte. Pero el milagro que el Curso ofrece es un milagro que nos habilita para convertirnos en dueños de nuestra mente (T-2.VII.2:2), lo cual es un milagro mucho mayor.
Piénsalo por un momento: Jesús nos dice que por lo menos un aspecto del milagro que ofrece este Curso es instrucción sobre cómo vigilar nuestras mentes y deshacernos del parloteo constante del ego que alimenta nuestro temor. ¡Esa es una instrucción que bien vale la pena tener!
Dios no me ilumina con un clic porque eso me enseñaría que mi mente no tiene poder, y eso es lo opuesto a lo que el Curso trata de enseñar. El poder de mi mente es el instrumento de mi despertar y la condición que encontraré al despertar.
Actualmente mi mente está fuera de control. Su poder es difícil de utilizar y gobernar; sin embargo, los milagros pueden ayudar a poner mi mente bajo control, y aprender a aceptar los milagros es la meta de la enseñanza del Curso.
Mi mente puede despertar, y debe despertar para darse cuenta de su propio poder. Yo no necesito que Dios me ilumine con un clic; es más, ¡el clic no produciría el resultado deseado! El Curso está diseñado para entrenarme para aceptar los milagros que pondrán a mi mente bajo control.
Iluminarnos con un clic sería contrario al Amor de Dios. La Sección III del Capítulo 13, menciona la necesidad de volvernos completamente conscientes de los pensamientos del ego en nuestra mente. Nos confronta con nuestras quejas acerca de tener que hacerlo personalmente: “¿Por qué no lo puede hacer el Espíritu Santo por mí?” nos lamentamos (1:2). Insistimos que la iluminación debería ser algo sin esfuerzo.
Queremos que el Espíritu Santo agite una varita diciendo, “¡Abracadabra! Estás iluminado”. No queremos que nos digan que somos responsables de lograrlo.
Sin embargo, lo somos. Hemos visto que nosotros somos los que “hacemos” al ego, así que podemos detenerlo. ¿Por qué no puede el Espíritu Santo hacer clic para que nos iluminemos directamente?
La respuesta de Jesús en esta sección es: “El Amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida” (5:4). El Amor no hace clic. El Amor es considerado. No puede violar tu voluntad y seguir siendo Amor. El Amor no irrumpe contra tu voluntad; tienes que estar abierto al Amor; debes invitarlo a entrar.
Tal vez pienses que deseas que el Amor entre, pero ¿será así? Si realmente quisieras que el Amor entrara, lo haría. Siempre viene cuando se le llama. Por lo tanto, debe haber una falta de voluntad enterrada en tu mente que mantiene fuera al Amor.
Para hacerle una verdadera invitación al Amor, debes mirar al ego y ver muy claramente el odio que le tiene al Amor, su implacable resistencia al Amor. Tienes que encontrar ese pensamiento de resistencia en tu propia mente y darte cuenta que tú eres el que lo está pensando.
Sólo entonces podrás decidir que no tendrás ese pensamiento. Debes elegir no interferir con el Amor.
Hace falta que lo hagas tú, si no, el Amor no puede entrar. Lo que tú quieres es la llave. En última instancia, el poder de tu mente es el factor determinante. Hace falta que examines los pensamientos en tu mente que te están diciendo que no quieres a Dios, que no quieres el amor, y que prefieres tu tonto ego auto fabricado en lugar de tu verdadero Ser. Necesitas exponer esos pensamientos, traerlos a la luz, y negar su verdad.
Entonces Dios entra fluyendo tan naturalmente como el agua que cae cuesta abajo. Debemos reconocer el esfuerzo que hacemos por ser egos y detenerlo. Dios no puede hacer eso por nosotros.
El Amor no se puede coaccionar, y si Dios impusiera un estado de iluminación en nosotros contra nuestra voluntad, Él ya no sería Amor y nosotros ya no seríamos extensiones del Amor. Él sería un tirano y nosotros seríamos robots. El clic haría que lo perfecto se volviera imperfecto.
En T-6.IV.10, el Curso sugiere que Dios no nos despertará haciendo un clic porque eso sería forzarnos al reconocimiento de nuestra perfección, ¡y, paradójicamente, demostraría que no éramos perfectos! El mensaje completo del Curso es que Dios nos creó perfectos y que todavía somos tan perfectos como el día que Él nos creó.
Si no estamos listos para la tarea de recordar nuestra realidad, entonces hay algo que está muy mal en nosotros. Debemos ser verdadera y fundamentalmente inadecuados.
Para mí esto implica que nuestro ruego patético de que Dios nos despierte, es en realidad otra manera de negar nuestra propia perfección. Cuando verdaderamente entendemos el mensaje del Curso, no podremos hacer esta pregunta.
El clic violaría nuestra voluntad. La Voluntad de Dios no es algo que se te pueda imponer, ya que para experimentarla tienes que estar completamente dispuesto a ello. T-8.III.2:3. Aquí Jesús insinúa nuevamente que pensamos que queremos algo que no sea la Voluntad de Dios. Él dice algo parecido en forma muy directa en otros lugares (ver, por ejemplo, T-8.II.4 y L-pII.227.1). Siempre que eso sea verdad, ya que Dios respeta nuestra voluntad tanto como la Suya, Él no nos puede forzar a que despertemos.
Por lo tanto, permaneceremos dormidos el tiempo que elijamos. En el curso, Jesús está tratando de enseñarnos que nuestra voluntad es la misma que la Voluntad de Dios, no algo distinto (como suponemos).
Nosotros queremos lo que Él quiere. Sin embargo supongan que el Espíritu Santo pudiese de alguna manera simplemente erradicar de nuestra mente algún pensamiento basado en el ego antes de que realmente tuviésemos la voluntad de soltarlo.
¿Qué pasaría? ¿Tendría el resultado deseado de demostrarnos que nuestra voluntad es idéntica a la de Dios? No. Quedaríamos con la sospecha no corregida de que se nos había quitado algo que realmente queríamos. Nos quedaríamos con la creencia de que nuestra voluntad era distinta de la de Dios (T-25.VIII.1:1-6).
Por lo menos tenemos que preferir que Él nos lo quite. Cuando tomamos esa decisión, cuando el equilibrio realmente cambia para estar del lado donde queremos quitarnos al ego de encima, Él lo quitará. Lo que lleva tanto tiempo es enseñarnos que realmente hagamos esa elección. Al discutir las tres etapas a través de las cuales nos lleva el Espíritu (T-6.V.A a T-6.V.c), Jesús aclara que escapar del sistema de pensamiento del ego depende de nuestra clara preferencia por el sistema de pensamiento del Espíritu Santo (T-6.V.B.5). Su rol principal es motivarnos a hacer esa elección (T-6.V.B.2:1-3). ¡Él no actuará contra nuestra voluntad, porque la Voluntad de Dios es que tengamos voluntad!
En T-8.IV.5 -6, hay una cantidad de razones adicionales para demostrar porqué Jesús (o el Espíritu Santo) no pueden actuar contra nuestra voluntad para despertarnos. En líneas generales dice que Dios creó nuestra voluntad para que sea poderoso y libre, y Él no violará Su propia Voluntad expresada en esa creación. Jesús y el Espíritu Santo no actuarán en contra de nuestra voluntad porque de hacerlo así sería contra la Voluntad de Dios.
Para mí, la razón más elocuente por la que Él no puede violar nuestra voluntad es que nadie puede aprender lo que es la libertad si está sometido a cualquier clase de tiranía, y la perfecta igualdad de todos los Hijos de Dios no se podría reconocer si una mente ejerciese dominio sobre otra. T-8.IV.6:7
Un hecho medular que recordar: todos somos igualmente libres. Si Jesús o el Espíritu Santo nos hicieran clic, sería una mente que domina a otra, y enseñaría lo opuesto a la libertad.
Conclusión: Si consideramos todas las razones dadas, creo que podemos ver un hilo conductor acerca de porqué Dios no puede hacer clic en nosotros para iluminarnos: Hacer clic violaría la propia ley de Dios de causa y efecto. El clic nos enseñaría que nuestra mente es impotente. El clic sería contrario al Amor de Dios. El clic volvería imperfecto lo perfecto. El clic violaría nuestra propia voluntad.
El mensaje central del Curso es que ya somos perfectos y que no hace falta que hagamos nada para lograrlo. Permanecemos como Dios nos creó; ese hecho es nuestra salvación. ¡En pocas palabras, no hace falta que nos iluminen con un clic! Nosotros elegimos creer que sí, y debemos elegir lo opuesto. Dios no puede “hacerlo” por nosotros porque lo que necesitamos aprender es que no hay nada que hacer.
Thaddeus Golas, autor de “La Guía hacia la Iluminación para el Haragán”, escribió algo una vez que puede ser un resumen de lo que he estado tratando de decir (lo cito de memoria): “Lo único de lo que podrías iluminarte es del pensamiento de que necesitas ser iluminado”