Si tu hermano te pide algo "descabellado"
Escrito por Robert Perry, publicado en www.milagrosenred.org
“Reconoce lo que no importa, y si tus hermanos te piden algo “descabellado” hazlo precisamente porque no importa” (T-12.III. 4:1)
Éstas son de las palabras más enigmáticas y comentadas de Un Curso de Milagros©. Me pregunto cuántos cientos de grupos de estudio han luchado con el significado de estas palabras. ¿De verdad significan lo que parecen decir? Aparentemente nos pide convertirnos en pasivas aguavivas a la deriva, llevadas por donde las corrientes fluyan, sin ejercer voluntad propia alguna porque nada importa. ¡Qué visión de vida más aterradora! ¿De verdad nos enseña esto el Curso?
En este artículo, quiero descubrir qué es lo que realmente significa esta cita, y luego tomar el siguiente paso e intentar incorporarlo a nuestras vidas. Para descubrir su significado, debemos ir a la sección donde aparece. Esa sección es “Cómo invertir en la realidad” en el capítulo 12 del Texto. Comienza con estas palabras:
“Te pedí una vez que rindieses todo cuanto tuvieses, que se lo dieses a los pobres y que me siguieras. Esto es lo que quise decir: si no inviertes tu atención en ninguna de las cosas de este mundo, puedes enseñarle a los pobres dónde está tu tesoro” (T-12.III.1:1-2)
Aquí Jesús proclama que está revelando lo que realmente quiso decir cuando nos dijo que vendiésemos todo lo que tuviésemos y que lo diésemos a los pobres y que lo siguiéramos a él. Antes de proseguir, entonces, vayamos al lugar en la Biblia donde dice esto. Frecuentemente se le llama la historia del joven rico.
Luego se le acercó un hombre y le preguntó: “Maestro ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” Jesús le dijo: Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los Mandamientos”... El joven dijo: “Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?”. “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes. (Mt. 19:16-22)
Este consejo, aunque fue dirigido a la vida de una persona, le dio una forma significativa al enfoque de la cristiandad en cuanto a lo que realmente significa seguir a Jesús. Tomando la autoridad en estas palabras, el voto de pobreza se ha convertido en uno de los tres votos básicos de los monásticos (conjuntamente con la obediencia y la castidad). El mensaje se hizo claro: Si realmente quieres seguir a Jesús, debes ir más allá de la mera observancia de una vida recta, debes renunciar a toda posesión terrenal. Debes retirarte de la sociedad normal.
En esta cita Jesús quiere corregir la interpretación. Quiere clarificar a qué se estaba refiriendo en realidad. “Esto es lo que quise decir,” nos dice. “Si no tienes intereses invertidos en nada de este mundo, puedes enseñarles a los pobres dónde está su tesoro.” Lo importante no era el acto físico de vender las posesiones de uno, sino lo que simbolizaba el acto: la actitud interna de dejar de tener intereses en cosas mundanas. Esto es lo que les enseñará “dónde está su tesoro.” La palabra “tesoro” se refiere a la mención que hace la Biblia del “tesoro en el cielo.” Resumiendo, si dejas de tener intereses en el mundo, puedes mostrar a los pobres que su tesoro está en el Cielo.
Pero ¿qué significa eso? ¡Necesitamos aclarar la aclaración! Vayamos, pues, a las siguientes palabras de esta sección.
Los pobres son sencillamente los que han invertido mal, ¡y vaya que son pobres! Puesto que están necesitados, se te ha encomendado que los ayudes, pues te cuentas entre ellos. Observa lo bien que aprenderías tu lección si te negases a compartir su pobreza, pues la pobreza no es otra cosa que insuficiencia, y sólo hay una insuficiencia, ya que sólo hay una necesidad (T-12.III.1:3-6).
El primer renglón radicalmente redefine la clase del pobre: “Los pobres son sencillamente los que han invertido mal.” En términos financieros, naturalmente, si inviertes mal, puedes perder todo lo que tienes y volverte pobre. Pero Jesús aquí se refiere no a inversión financiera en cierta operación comercial. Los pobres son los que han invertido emocionalmente en el mundo. Pensaron que invertir en sus mentes y corazones en el mundo los haría ricos por dentro. En vez de esto, lo perdieron todo. Perdieron lo único que de veras tiene valor: la paz de Dios. Ésta es la única insuficiencia y la única necesidad mencionada en la cita anterior.
Esto significa que casi todo el mundo está entre los pobres, nosotros incluidos. Nosotros también hemos invertido todo lo que tenemos en este mundo, y como resultado nos sentimos vacíos y empobrecidos por dentro. Aunque tengamos ropa linda y casas elegantes, aún somos pobres en el sentido más verdadero de la palabra. Nos falta el deseo del corazón. Nos falta la conciencia de Dios. Nuestra misión, como dice la cita anterior, es dejar nuestra propia condición de pobreza y ayudar a que el resto de los pobres hagan lo mismo. ¿Pero cómo? La respuesta a esto se vuelve asombrosamente clara a medida que continúa la sección.
Suponte que un hermano insiste en que hagas algo que tú crees que no quieres hacer. Su misma insistencia debería indicarte que él cree que su salvación depende de que tú hagas lo que te pide. Si insistes en que no puedes satisfacer su deseo y experimentas de inmediato una reacción de oposición, es que crees que tu salvación depende de no hacerlo. Estás, por lo tanto, cometiendo el mismo error que él, y haciendo que su error sea real para ambos. Insistir significa invertir, y aquello en lo que inviertes está siempre relacionado con tu idea de lo que es la salvación. La pregunta se compone de dos partes: primera, ¿qué es lo que hay que salvar? Y segunda, ¿cómo se puede salvar? (T-12.III.2:1-7).
Este párrafo nos muestra la pobreza en acción. Pinta en términos cotidianos exactamente lo que Jesús quiere decir con ser pobre. Un hermano insiste en que hagas algo. Su insistencia significa que invierte en que hagas esto porque cree que su salvación está ahí. He aquí exactamente el tipo de inversión del que hemos estado hablando. Ha invertido en el mundo – en los vaivenes del mundo, en cómo van las cosas en el mundo. Lo ha hecho creyendo que obtendrá salvación de esta inversión. Por eso es pobre. Los vaivenes del mundo jamás lo harán genuinamente feliz, nunca le darán verdadera riqueza interior. Ha invertido todo su dinero en una empresa sin valor.
Pero tú también. Pues también insistes. Insistes en rehusar su pedido. Esto significa que también has invertido en los vaivenes del mudo, pensando que la salvación está en ellos. “Estás, por lo tanto, cometiendo el mismo error que él.”
¿Cuántas veces nos habremos encontrado en una situación semejante? Alguien insiste en que hagamos algo, y nos negamos. La esposa de uno insiste en que saque la basura. El esposo de una insiste en que deje de fastidiarlo. La hija de una insiste en que le prepare cierto tipo de comida. Y nos rehusamos, y no sólo porque no queremos hacerlo. Nos rehusamos por el hecho, como modo de salvaguardar la autoestima, y como una forma de cerrarle la puerta a futuras demandas que seguramente quedarán propiciadas si no nos rehusamos. Es como si fuéramos un castillo de arena, y rehusarnos fuera nuestra forma de mantener a distancia la llegada de las olas que nos relegarían al olvido.
Conozco muy bien este sentimiento. Al rehusarme siento que estoy afirmándome y manteniéndome intacto. Qué irónico resulta que lo que realmente estoy haciendo, dice el Curso, es empobreciéndome. Estoy invirtiendo mi corazón y mi mente en un montón de formas que no tienen sentido fuera de mí mismo. ¿Cómo pueden hacerme feliz? Aún cuando los acomode exactamente como quiero, ¿hasta qué punto me sentiré realmente completo? A medida que él insiste y yo me rehúso, mi hermano y yo somos como dos personas sin techo peleándonos por una migaja, sin darnos cuenta que lo único que logra nuestra pelea es reforzar en la mente lo carentes que somos.
Cada vez que te enfadas con un hermano, por la razón que sea, crees que tienes que proteger al ego, y que tienes que protegerlo atacando. Si es tu hermano el que ataca, estás de acuerdo con esta creencia; si eres tú el que ataca, no haces sino reforzarla. Recuerda que los que atacan son pobres. Su pobreza pide regalos, no mayor empobrecimiento. “Tú, que podrías ayudarles, estás ciertamente actuando en forma destructiva si aceptas su pobreza como propia. Si no hubieses invertido de la manera en que ellos lo hicieron, jamás se te hubiese ocurrido pasar por alto su necesidad” (T-12.III.3:1-6).
El anterior párrafo termina diciendo que nuestra noción de la salvación es nuestra respuesta a dos preguntas: “Primero, ¿qué ha de salvarse? Y segundo, ¿cómo puede salvarse?”. Este párrafo dice que cuando nos enojamos, estamos “creyendo que el ego ha de salvarse, y que se salvará mediante el ataque.” Esto le da una nueva perspectiva a nuestra negativa. Pensamos que rehusarnos era una muestra de fortaleza justificada, necesaria para salvar el respeto a uno mismo. Pero lo que nosotros llamamos nuestro atesorado auto respeto es lo que el Curso llama el ego. Lo que realmente estábamos haciendo entonces, era atacar a fin de salvar nuestro ego. El ego es sólo una imagen que sostenemos en la mente, una imagen separada, miserable, y despiadada de nosotros mismos. Salvar esto es nuestra noción de la salvación. Sin embargo, no importa cuánto lo salvemos, nunca sentimos respeto verdadero por nosotros mismos, ni sentimos que realmente nos hayamos salvado.
Mientras estemos ocupados empobreciéndonos, también nos hemos cegado a lo que nuestro hermano en realidad nos está pidiendo. Está pidiendo que lo alivien de la pobreza. Su ataque demuestra que es pobre, y en su carencia está manoteando cualquier sobra que pueda. La solución no es tratar de empobrecerlo más, y a la vez profundizar la propia. La solución está en darle regalos, para ayudarle a superar la pobreza del todo. ¿Cómo hacemos esto?
Reconoce lo que no importa, y si tus hermanos te piden algo “descabellado” hazlo precisamente porque no importa. Niégate, y tu oposición demuestra que sí te importa. Eres únicamente tú, por lo tanto, el que determina si la petición es descabellada o no, y toda petición de un hermano es tu propia petición. ¿Por qué te empeñas en negarle lo que pide? Pues negárselo es negártelo a ti mismo, y empobrecerte a ti y a él. Él está pidiendo la salvación al igual que tú. La pobreza es siempre cosa del ego y nunca de Dios. Ninguna petición es “descabellada” para el que reconoce lo que es valioso y no acepta nada más (T-12.III.4:1-8).
¡Hemos llegado al fin a esa frase difícil! Sin embargo, tenemos todo el contexto que necesitamos para entenderlo. Cuando alguien pide algo “descabellado”, vamos y lo hacemos ¿Por qué? Como una expresión de soltar nuestra inversión en el mundo. Ya no creemos que nuestra salvación esté en los vaivenes externos. Ya no pensamos que la felicidad viene de controlar situaciones a fin de salvar nuestro ego. Nos damos cuenta que sencillamente no importa si las cosas van como prefiera nuestro ego. Ahora nuestros cuerpos igual andarán por la montaña rusa de los eventos externos, pero nuestras mentes se mantendrán en paz, descansando seguro en el verdadero tesoro más allá de este mundo.
La palabra “descabellado” está entre comillas porque ahora vemos que el pedido de nuestro hermano no era para nada descabellado. Vemos que en realidad estaba pidiendo salvación. Estaba haciendo un pedido santo. Tal vez lo hiciera de una forma extraña, pero, nos damos cuenta ahora, la forma es precisamente lo que no importa. Lo que importa es que él es pobre y necesita nuestra ayuda. ¿Cómo lo ayudamos? Mostrándole nuestra libertad al no tener inversiones en circunstancias externas. Mostrándole que sencillamente no importa. Nuestro regalo toma la forma de hacer lo que pide, pero el regalo en sí es la demostración de falta de inversión.
Piensa en algunas de las luchas en las que has estado: qué canal mirar por televisión, a qué restaurante ir, dónde ir de vacaciones, de qué color pintar la casa. ¿Será posible que el verdadero dolor de estas situaciones no fuera la amenaza de no salirse con la suya, sino tu inversión en cualquier forma? ¿Es posible que darle una importancia tan intensa a formas sin sentido es un síntoma de pobreza interior? ¿Podría ser que lo que más se necesitaba en esas situaciones era que demostraras una forma totalmente distinta de ser, libre de la inversión asfixiante en los eventos externos?
En esta otra forma de ser, tu felicidad no descansa en el océano tormentoso de las circunstancias cambiantes. Descansa en lo eterno, en una realidad eterna que nunca cambia. Descansa en el Amor que es la Naturaleza de Dios. Descansa en tu naturaleza de santo Hijo de Dios. Descansa en la naturaleza divina, no cambiante de todas las cosas. Al descansar en estas verdades eternas, la felicidad surge a ritmo constante de adentro, manteniéndote en paz en medio de toda la confusión del mundo.
Trata de ver con los ojos de la mente alguna de esas luchas típicas e imagínate repentinamente soltando tu inversión en lo que sucede por fuera. Te ves a ti mismo recordando la eterna valía de tu ser y el de tu hermano. En vista de esto, ve cómo la importancia del resultado físico se desvanece hasta la nada. Imagina cómo se ilumina tu cara mientras te dices “Bien, lo haré,” no como una concesión a regañadientes para mantener la paz, no como una muestra de superioridad moral, sino como una demostración amorosa de que hay otra manera más libre de ser. Fíjate cómo se desvanece la tensión en la situación. ¿Crees que la otra persona pueda sentirse algo liberada? ¿Es posible que, en algún lugar interno, él o ella pueda llegar a pensar, “quiero saber cómo es tu forma de ser”?
Ahora; el Curso no está tratando de hacer de esto una regla de conducta invariable. No hay reglas de conducta en el Curso. Esta enseñanza hasta tiene una calificación que se da muchos capítulos después: “Esto no significa que tengas que hacer algo que pudiese ocasionarte daño a ti o a él” (T-16.I.6:15). Pero cumplir alegremente con un pedido “descabellado” es, sin duda, una forma – y muy importante – de dejar atrás nuestra propia pobreza y ayudar a otros a hacer lo mismo.
Esta sección comenzó con Jesús proclamando que explicará lo que realmente quiso decir al pedir que vendiéramos todo lo que tenemos, se lo diéramos a los pobres y que lo siguiéramos. “Vende todo lo que tienes” significaba “Vende tu inversión en los vaivenes del mundo.” “Los pobres” son aquellos que todavía invierten, que piensan que si las cosas van bien por fuera sus egos se salvarán. “Dar a los pobres” significaba, “Ayúdalos a descubrir dónde está su tesoro en realidad, demostrando una forma de ser que no invierte en el mundo, sino que descansa en una realidad eterna.” Al parecer, esta es la forma de seguir a Jesús.
La cita acerca de tus hermanos que te piden que hagas algo “descabellado” es sólo un ejemplo concreto de esta forma de ser. Hacer aquello “descabellado” que tu hermano insiste que hagas, es una expresión de tu falta de inversión en el mundo, y un regalo que le muestra a tu hermano dónde está su tesoro en realidad.
Cuando primero estudié esta sección, yo pensé que Jesús había destrozado su dicho original. Un dicho acerca de vender las posesiones físicas de uno, dándolas a los físicamente pobres, se convirtió en una enseñanza acerca de vender la inversión emocional propia y darla a los espiritualmente empobrecidos. ¿Qué es lo que hacemos con esta discrepancia? Tal vez éste es un dicho que Jesús nunca pronunció, y ahora está dando una enseñanza que refleja lo que en realidad enseñaba. Tal vez, “Una vez te pedí... Esto es lo que quise decir,” en realidad quiere decir “Según tus tradiciones, yo te pedí... Esto es lo que en realidad enseñé.”
Sin embargo, creo que hay otra opción. Si Jesús le hubiera dado este consejo al joven rico, tal vez su verdadero propósito era exactamente lo que el Curso está describiendo. Tal vez, para este individuo, vender sus posesiones habría de ser una expresión de haber soltado su inversión en el mundo. Y tal vez el verdadero regalo para el pobre habría de ser, no el dinero, sino el poderoso ejemplo de alguien que se dio cuenta de que la riqueza no importa.
Al reflexionar, veo que tanto el dicho bíblico y la interpretación del Curso contienen la misma nota de libertad radical de todo apego a lo externo. En un caso, eres tan libre que puedes deshacerte de todas tus posesiones. En el otro caso, eres tan libre que puedes cumplir con una demanda “descabellada”. Por lo tanto, me parece a mí que el Curso no traiciona el espíritu del dicho original.
Por lo contrario: De lo que me he dado cuenta es que, nunca como aquí, es tan parecido el Jesús del Curso al Jesús histórico. Hacer con gracia aquello que alguien exige agresivamente, toca la profunda fibra sensible en las enseñanzas originales de Jesús. Según el Seminario de Jesús, el grupo de estudiosos que se hizo famoso al votar con cuentas de color sobre la autenticidad de los dichos de Jesús, el siguiente trío de dichos es tal vez la enseñanza más cierta que tenemos de Jesús:
No hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. MT 5:39-41
Cada uno de estos tres dichos repite el mismo patrón: Alguien arremete contra ti de alguna forma en que te pueda lastimar o quitar algo. En vez de resistir el ataque, despliegas una sorprendente falta de preocupación. Tu preocupación, en vez, es enteramente para tu atacante. Ves su ataque como una oportunidad de dar. Luego le das libremente lo que quiso tomar, y luego increíblemente, te dejas llevar y le das el doble.
No hace falta mucho estudio para ver los paralelos entre este trío de dichos y “Si tu hermano te pide algo ‘descabellado,’ hazlo.” Ambos aconsejan hacer lo que el atacante pide, en vez de resistirlo. Ambos ven un ataque como un pedido de gentiles regalos, más que un pedido de auto defensa y contraataque. Ambos implican perdón, ya que el perdón, también, responde a un ataque, no con contraataque, sino con un regalo para el atacante. Ambos demuestran que no hay inversión alguna en ser tratado bien por sucesos externos. Ambos, de lo contrario, despliegan una inversión sincera, amorosa, hasta imprudente, en alguien que parece un enemigo.
Este paralelismo me asombra. Las enseñanzas de Jesús en los Evangelios –especialmente aquellos con más derecho a ser verdaderamente provenientes de Jesús– traicionan la visión de una mente singularmente original y poderosa. Sin embargo en este caso el autor del Curso ha captado esa mente tan completamente que las dos mentes parecen ser una. En estas enseñanzas, podemos ver al autor del Curso y al Jesús histórico expresando exactamente la misma visión de la interacción humana. Podemos verlos mirando la vida a través del mismo par de ojos. Esto fortalece mi convicción personal que las dos figuras son de verdad una sola; que en las páginas de Un Curso de Milagros©, el Jesús real de veras ha regresado a nosotros.
Si tengo razón, entonces no sorprenderá que los estudiantes del Curso respondieran a este mandamiento de hacer lo “descabellado” del mismo modo que los cristianos han respondido al mandamiento de volver la otra mejilla y de caminar la milla adicional: con un intento de suavizar y desviar. Últimamente leí una interpretación de este pasaje que decía que “hacerlo” no significa hacer aquello “descabellado” que nos solicitó nuestro hermano, sino que hacerlo se refiere al amor, que significa que debemos “hacer” amor; pero no en la forma que nuestro hermano lo pide. No es difícil de ver esto como una atenuación de lo que el pasaje claramente dice.
Nuestra incomodidad con este pasaje también está evidente al pegarnos a la calificación que mencioné antes (que se refiere, dicho sea de paso, con no cumplir con la insistencia del otro por empatía, uniéndose a su sufrimiento). Me parece a mí que nos hemos refugiado en esta calificación, más como si fuera una anulación. La calificación parece darnos un respiro para poder volver a la vida como siempre. Sin embargo, al hacerlo, ¿ya hemos lidiado con el consejo de Jesús de hacer lo “descabellado”? ¿Hemos seguido este consejo? He estudiado esta sección muchas veces con grupos, y cada vez les he pedido al grupo que lo aplique en la siguiente semana y que vuelvan con una experiencia. No recuerdo una sola instancia en que uno de nosotros lo hizo, y me incluyo (aunque sí tuvimos algunas historias de otras veces).
Francamente, no es de sorprenderse que tratemos de librarnos de este consejo. Amenaza por entero nuestra forma de vida. ¿Qué es la vida como la conocemos sin una inversión en lo que sucede, cómo nos tratan, qué comida comemos, qué música escuchamos, qué auto manejamos? Entrar en esta visión que Jesús nos despliega nos hace sentir como que nos quitan la piel y la carne y luego hasta nuestra identidad.
En esta enseñanza, como en las enseñanzas evangélicas que vimos, Jesús ha puesto patas para arriba nuestra norma universal sobre la interacción humana. Esta norma dice que a la conducta debe responderse con igual conducta. Si la gente es amable con nosotros, debemos ser amables con ellos. Si nos mandan una tarjeta de navidad, debemos enviarles una. Si nos atacan, nuestra obligación de ser amable y enviar tarjetas ya no vale. Sin embargo, en la visión de Jesús, la conducta de ataque se resuelve con su opuesto, con conducta generosamente amorosa.
Esto parece demoler la misma base de nuestra existencia social. Sin esta ley de conducta recíproca, ¿cómo vamos a mantener en línea a la gente a nuestro alrededor? Si respondemos a sus demandas con aquiescencia amorosa, ¿no van a caer sobre nosotros y dejarnos hechos triza? Además, ¿cómo deja esto a las distinciones sociales? ¿Qué es lo que pasa al congregarse con aquellos que nos aprecian y nos complacen, y el rechazo de aquellos diferentes que no actúan bien ni nos tratan bien? Yo te diré lo que pasa: se va todo al diablo. Rompe todo el esquema de nuestra vida.
Es muy fácil ver la visión de Jesús como una amenaza. Creo que en lugar de ello necesitamos verla como un llamado, pues eso es lo que es, un llamado a una forma superior de ser. Nos está llamando a relacionarnos con otros de una forma que trascienda al ego. Nos está llamando a ir más allá de nuestras maneras mezquinas que nos mantienen en la pobreza. Nos está llamando a vivir una vida más grande que queda más allá de los confines de nuestro ego. Yo creo que todos lo intuimos. Creo que es por ello que la historia ha estado tan atraída a las enseñanzas tan duras de Jesús, sin embargo tan amenazada a la vez. Estas enseñanzas nos mueven a aspirar a una forma más elevada, un reino más noble, aunque temamos dejar la tierra.
Creo que tenemos que enfrentar estos mandamientos a hacer lo “descabellado”, ofrecer la otra mejilla, caminar la milla adicional; no son un detalle menor según la visión de Jesús para llegar a Dios. Van al corazón de sus enseñanzas, en ese entonces, y ahora. Pues así es como se ve el perdón en acción. El perdón responde internamente al ataque dando un regalo de liberación; estos mandamientos nos dicen que respondamos al ataque externamente con un regalo de liberación. Son el perfecto espejo de un gesto interno de perdón. Si nunca nos encontramos respondiendo de esta manera, entonces el espíritu esencial de las enseñanzas de Jesús todavía no ha encontrado un hogar en nosotros. No estamos perdiéndonos un detalle. De alguna manera estamos parados fuera de la enseñanza en su totalidad.
Entonces, escuchemos esta llamada a cumplir con el “descabellado” pedido como una parte central del llamado en general que nos hace Jesús. Y admitamos humildemente que este es un llamado que sí podemos responder. Tal vez no sepamos cómo llegaremos a tales alturas, pero nuestra tarea es sólo responder a la llamada y permitirnos ser guiados. Del mismo modo que aprendimos a caminar y hablar, así como aprendimos tantas habilidades que al principio parecían imposibles de lograr, del mismo modo podemos eventualmente aprender cómo responder a los ataques furiosos con indefensión, amor sin ego. Sí podemos.
Tal vez nuestro primer paso es decidir que queremos aprender cómo hacerlo. Algo en nosotros quiere genuinamente aprender cómo responder al odio con amor. Algo en nosotros quiere ir más allá del habitual ojo por ojo y encontrar un camino más elevado. Algo en nosotros sabe que Jesús está ofreciendo un camino que lleva más allá de las paredes de la prisión de nuestro ego, y que ahí es donde queremos ir.
Fruto de este deseo, podemos entonces hacer un compromiso interno de aprender cómo ser de esta manera. Tal vez hasta podamos pedirle ayuda a Jesús: “Jesús, yo quiero aprender esta forma de ser. Si te sigo, sé que me guiarás. Tomo el compromiso de seguirte hasta ahí.”
Un próximo paso podría ser comenzar con las cosas pequeñas. Los temas hogareños son un hervidero del tipo de situaciones que hemos estado discutiendo. No importa cuán dedicados al camino espiritual estemos, la mayoría todavía tenemos inversiones en cómo se organiza la heladera, cómo se lavan los platos, el grado de temperatura del termostato, y si se repone la tapa del tubo de pasta dental. En consecuencia, todavía somos bastante insistentes. Estamos entre los pobres. Jamás olvidaré el día que entré a la habitación de hotel de unos buscadores espirituales que estaban en medio de una acalorada discusión acerca de pelar o no las zanahorias orgánicas. ¿Quién de nosotros está completamente libre de este tipo de inversión?
Por lo tanto, podemos comenzar identificando una situación en que otra persona está insistiendo y nosotros estamos resistiendo, sea algo reciente o cotidiano. Si no compartimos el hogar con nadie, tal vez podamos encontrar una situación en el trabajo. Por ahora, tal vez queramos elegir una situación en que no haya mucho en juego para nosotros según nuestra percepción.
Habiendo identificado la situación, apliquémoslo a las enseñanzas que hemos examinado. Debemos comenzar primero con nuestra percepción. No podemos sencillamente copiar la conducta que el Curso describe. Esa conducta debe estar enraizada en una real liberación de la inversión en los sucesos externos. Si nuestra conducta no expresa esa liberación interna, no es un regalo. Sólo es un ataque disfrazado.
Mira tu inversión en esta situación. Mira qué es lo que quieres que suceda. ¿Por qué lo quieres? ¿Por qué es importante? ¿Qué es lo que estás tratando de proteger? ¿No es verdad que estás tratando de proteger algo con que tu ego se identifica?
Ahora mira el resultado experimental de tu postura. ¿El rechazo del pedido de tu hermano te trajo paz? Algo en ti puede sentirse orgulloso y a salvo, ¿pero la preservación de este algo te da verdadera dicha? ¿El orgullo que sientes es como una luz puesta dentro de una brillante sensación de inocencia? ¿O se siente como una pequeña chispa puesta contra un turbio fondo de culpa?
Además, toma nota de que has atado tu identidad a algún tema de circunstancia trivial externa. Esto implica que tu identidad misma debe ser tan trivial y tan vacía que necesita de míseras migajas para sostenerlo. Al insistir en tu resultado sin sentido, fíjate cómo te sientes: pequeño, mezquino, y hueco, cómo te sientes empobrecido en el corazón de tu ser.
Ahora fíjate que el desenlace físico que quieres es lo que el Curso llama un ídolo, una forma externa sin vida al que le oras pidiendo salvación pero que no puede responder a tus plegarias. Tratar de comprar este ídolo sólo te ha traído la pobreza. Ahora repite silenciosamente estas frases del Curso, aplicándolos a este ídolo en particular:
“Jamás te dio un ídolo cosa alguna, excepto el “regalo” de la culpabilidad. Cada uno de ellos se compró con la moneda del dolor, y nunca fuiste tú sólo quien pagó por él” (T-30.V.10:3-4)
Tal vez quieres ponerles estas otras palabras: Este ídolo, como todos los demás, me ha traído nada más que el "regalo" de la culpa. Lo compré al costo del dolor, en monedas de sufrimiento. Tampoco fui el único que lo pagó.
A la luz de estas frases, trata de ver que lo que te causó dolor no fue la insistencia de tu hermano, sino tu propia inversión. Trata de darte cuenta de que no quieres esta inversión; estarías mejor sin ella. Di: Suelto esta inversión. Mi voluntad es liberarme de sus cadenas.
Al darte cuenta de que el desenlace externo no importa, trata de darte cuenta de qué es lo que sí importa. Lo que importa es Quien realmente eres, y la paz en tu mente. Lo que importa es Quien es realmente tu hermano, y su liberación de la pobreza. Lo que importa es que los dos se liberen juntos.
Vuelve tu atención ahora a tu hermano. Habías juzgado su pedido como un ataque, como una demanda injusta. Pero si el desenlace externo no importa (según te das cuenta ahora), significa que estaba pidiendo algo que no importa, y por lo tanto, no te cuesta nada. Su pedido, por lo tanto, fue inocente.
Trata de ver que detrás de su pedido concreto había otro más profundo. Él también se siente empobrecido por dentro. Por eso está aferrándose a migajas tan pequeñas. De modo que, lo que en realidad está haciendo es tender la mano en busca de un alivio de su pobreza interna. Está pidiendo colmarse con el Amor de Dios, lo único que realmente llenará el vacío dentro de él. Él necesita tu ayuda en esto. ¿Estás preparado para ayudarlo?
Si en este punto todavía te sientes que tienes una inversión en tu desenlace preferido, tu necesidad es todavía el de liberar tu propia inversión. Tal vez quieras retornar a la primera parte de este ejercicio hasta que te sientas liberado de la inversión. Sin embargo, si sientes que tienes que soltar tu inversión, estás listo para liberar a tu hermano.
Con los ojos de la mente, imagina que completas el consejo del pasaje que hemos estado explorando. Imagina que estás haciendo aquello en lo que insistía tu hermano. Asegúrate, sin embargo, que te ves haciéndolo por las razones correctas. No lo hagas como una admisión de que tu hermano tenía razón acerca de la situación. Recuerda, el desenlace externo no importa. No lo hagas para ser un mártir y restaurar la paz. No lo hagas como modo de demostrar tu superioridad moral. No lo hagas a regañadientes por un sentimiento de obligación. Hazlo precisamente porque no importa. Hazlo como un modo de expresar tu reconocimiento de esto. Hazlo para demostrarle a tu hermano cómo salirse de la prisión – la prisión de haber invertido en el mundo. Hazlo porque lo que importa es tu hermano. En el silencio de tu mente hasta le podrías decir:
Muy bien, lo haré,
Precisamente porque no importa;
Y porque demostrar eso nos libera a los dos.
Ahora, puede ser que ir más allá de este ejercicio mental y hacer físicamente lo que tu hermano insiste que hagas no sea factible. Tal vez la situación ya pasó. Tal vez hacerlo heriría a alguien. Si así fuera, sería de esperar que el ejercicio por lo menos haya aportado más paz acerca de la situación, y tal vez te haya ayudado a ver más claramente un curso de acción apropiado. Por otro lado, este ejercicio puede haberte revelado que hacer lo “descabellado” que te pidió tu hermano es exactamente lo correcto; de hecho, lo perfecto. En ese caso, adelante, hazlo.
Hazlo sabiendo que estás siguiendo un consejo de Jesús que es un desafío, un consejo que hemos estado tratando de evitar desde que el Curso se publicó, un consejo que hemos estado evitando desde que Jesús caminó por la tierra. Hazlo sabiendo que estás tomando un paso mayúsculo en el aprendizaje de su forma de ser que trasciendo al ego, aprendiendo su camino de perdón. Hazlo sabiendo que estás respondiendo al llamado de Jesús. Y si lo haces, por favor escríbeme contándomelo, algo que podamos publicar en la revista. Tus compañeros de ruta podrían usar todo el apoyo y aliento que puedan conseguir. A diferencia de las experiencias anteriores, tal vez esta vez unos cuantos tengan alguna historia que contar.