Por Anna Horno
¿Preferirías tener razón a ser feliz?
… Una simple pregunta cuya respuesta define nuestra búsqueda, nuestro compromiso con la Verdad o con las ilusiones.
Qué importantísima pregunta. Desde que la leí por primera vez, la guardo en mi corazón como un tesoro, y es que a mi entender, éste es el núcleo de toda la enseñanza de Un Curso de Milagros.
Tener razón es siempre el resultado del conflicto, la división, la exclusión, la culpa y la separación, en tanto en cuanto de la felicidad, invariablemente resultan la paz, la colaboración, la integración, la inclusión, la inocencia y la unión.
Tener razón implica pérdida, mientras que ser feliz es siempre una ganancia: en la separación reside la debilidad, en la unión, alcanzamos la auténtica fortaleza. Desde luego no desde el punto de vista del ego, pero sí si es nuestro objetivo devolver todos esos aspectos fragmentados de nuestra propia mente a la unidad de la que procedemos.
Una simple pregunta, cuya respuesta no siempre resulta tan clara… ¿prefieres ser el guardián y defensor de tu sistema de pensamiento, o estás dispuesto a abandonarlo en aras de una paz y una dicha constantes? Sí, a simple vista, la elección parece obvia y muy sencilla, pero si miramos un poco más detenidamente, si observamos las elecciones que hacemos a lo largo del día, segundo a segundo, nos damos cuenta que son muchísimas las ocasiones en que elegimos tener razón…
Cada vez que me enfado con mi hermano, he decidido tener razón; cada vez que una situación me disgusta, he decidido tener razón; cada vez que doy prioridad a mis expectativas, he decidido tener razón; cada vez que juzgo lo que otro hace, he decidido tener razón; cada vez que no me siento en paz, he decidido tener razón; cada vez que opto por ignorar el orden divino en todas las cosas, he decidido tener razón…
Hace tiempo me di cuenta de la importancia de esta pregunta, pues la respuesta que demos, nos situará en el ego o en Dios, nos convertirá en esclavos del miedo, o en príncipes del Amor. No hay vuelta de hoja, ninguna otra alternativa entre las que escoger.
Cada vez que me encuentro en un estado de falta de paz, busco en mi interior el motivo por el que no me estoy permitiendo experimentarla. Y siempre encuentro una idea, una de esas que creo definen mi identidad y me sitúan en el bando de «los buenos». Y si observo lo que sucede cuando me niego a deshacerme de esa idea, es cuando comienzo a vislumbrar la magnitud de la pregunta… ¿prefiero tener razón o ser feliz?
Si prefiero tener razón, por supuesto mi ego se sentirá más que satisfecho, se sentirá fugazmente importante, poderoso por un tiempo, se sentirá superior y muy, muy especial, en definitiva, experimentaré todos esos sustitutos de la felicidad que el ego dispuso para saciar nuestra necesidad de Dios. No hay que ser un lince para comprender que con esa decisión, estoy sacrificando la verdadera felicidad que procede de la experiencia de la unidad. La única experiencia que todos nosotros, como seres humanos, andamos buscando, aunque en el lugar y modo equivocados, desde el principio de los tiempos.
Defender mi sistema de creencias me aleja de mi hermano, puesto que tal como el ego percibe, “o estás conmigo o estás contra mí”, y si estás contra mí, eres una amenaza de la que es preciso que me proteja y defienda, con el ataque, por supuesto. En este punto, el miedo está al mando. Estando el miedo a cargo de la situación, el Amor no puede hacer acto de presencia.
El Amor se caracteriza por la completa indefensión, el Amor reconoce que no hay peligro ni existe nada que pueda amenazarlo, ¿qué necesidad tendría de atrincherarse para la batalla?
De manera que mientras crea en la necesidad de defender un puñado de absurdas y vanas ideas, una actitud de indefensión resultará imposible, y con ello, la experiencia de la Unidad quedará vetada, puesto que estaré percibiendo mis intereses como algo separado de los intereses de mis semejantes.
Y es que sí, continúan existiendo ocasiones en las que me doy perfecta cuenta de que prefiero tener razón, debe ser que como el propio Curso afirma:
“Deseas aprender lo que te hace feliz y no olvidarte de ello. No es esto lo que niegas. Lo que te preguntas es si los medios a través de los cuales se aprende este curso conducen a la felicidad que promete o no. Si creyeses que sí, no tendrías dificultad alguna para aprender el curso. Todavía no eres un estudiante feliz porque aún no estás seguro de que la visión pueda aportarte más de lo que los juicios te ofrecen, y has aprendido que no puedes tener ambas cosas” (Un Curso de Milagros, T-21.I.3:3-7)
En este mundo demente, hemos aprendido a asociar la felicidad con la satisfacción procedente del ego, de un falso orgullo, que en el fondo, esconde un profundo sentimiento de culpa, inadecuación e indignidad. Y para mitigar tanto dolor, caminamos con paso firme atacando todo aquello que percibimos que no se ajusta a nuestros ideales, esperando que la salvación dependa de la eficacia de nuestro ataque.
“El ego cree que alcanzar su objetivo es la felicidad. Pero te ha sido dado conocer que la función de Dios es la tuya y que la felicidad no se puede encontrar aparte de vuestra Voluntad conjunta. Reconoce únicamente que el objetivo del ego, que tan diligentemente has perseguido, no te ha aportado más que miedo, y se hará muy difícil mantener que el miedo es felicidad. Respaldado por el miedo, esto es lo que el ego quiere que creas. Pero el Hijo de Dios no está loco y no lo puede creer. De reconocer esto, no lo aceptaría, pues sólo un loco elegiría el miedo en lugar del amor, y sólo un loco podría creer que atacando es cómo se alcanza el amor” (Un Curso de Milagros, T-11.V.12:3-9)
El Amor conquista, jamás impone; el Amor libera, jamás retiene; el Amor se extiende, da, sin privar a nadie, el amor es entrega y confianza absolutas… y Amor y felicidad son sinónimos.
Así que la próxima vez que nos encontremos preguntándonos qué es lo que verdaderamente deseamos, recordemos que nuestra búsqueda no es otra que la experiencia del Amor y la Unidad, y es mediante el regalo que nuestro hermano nos ofrece, que nos será posible alcanzarla… ¿Qué preferiremos entonces: tener razón o ser felices?
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