Fuente: Swami Prabhavananda, de su libro "El Sermón del Monte según la Vedanta"
Procura pensar en Dios ahora, en este preciso momento. ¿Qué encuentras? El pensamiento de su presencia pasa a través de tu mente, quizá como un relámpago. Entonces empiezan muchas distracciones. Estas pensando en todo lo demás del universo, salvo en Dios. Estas distracciones muestran que la mente es aún impura, y por tanto no está preparada para la visión de Dios. Las impurezas consisten en varias impresiones que la mente ha reunido de un nacimiento al otro. Las impresiones se han creado y almacenado en el subconsciente de la mente como resultado de los pensamientos y acciones de un individuo, y en su totalidad representan el carácter de aquel. Estas impresiones deberán disolverse por completo antes de que la mente pueda considerarse pura.
Segun la psicología del Yoga, hay cinco causas radicales de la mente. Primera es la ignorancia, en un sentido universal, de nuestra naturaleza divina. Dios mora en y en torno de nosotros, pero no somos conscientes de esta verdad. En vez de ver a Dios, vemos este universo de muchos nombres y formas que creemos que son reales. Tal como un hombre que ve una soga tirada en el suelo, en la oscuridad, puede creer, en el crepúsculo de su ignorancia, que es una víbora.
En segundo término, está el sentido del ego, proyectado por esta ignorancia, que nos hace pensar en nosotros como separados de Dios y uno del otro. Del sentido del ego desarrollamos el apego y también la aversión; somos atraídos por una cosa, rechazados por otra. El deseo y el odio son obstáculos en el sendero hacia Dios.
La quinta causa de las impresiones mentales impuras es la sed de vivir, que Buddha llama tanha, y a la que se refiere Cristo cuando dice: "Pues quien salve su vida la perderá". Este apego a la vida, o miedo a la muerte, es natural a todos, buenos y malos por igual. Sólo el alma iluminada no tiene ignorancia, no tiene sentido del ego, apego, aversión ni miedo a la muerte; todas las impresiones han desaparecido.
Aunque Dios fuese a ofrecernos la iluminación espiritual en este preciso momento, rehusaríamos aceptarla. Aunque hubieramos estado buscando a Dios, momentáneamente retrocederíamos presas del pánico cuando estuviéramos a punto de tener su visión. Instintivamente, nos adherimos a la vida y la consciencia superficiales, temerosos de renunciar a ellas, aunque obrar así signifique introducirse en una consciencia infinita, en comparación de la cual nuestras percepciones normales son, como lo dice el Bhagavad-Gita, "semejantes a una noche cerrada y a un sueño".
Debemos aprender a dirigir todos nuestros pensamientos y toda nuestra energía conscientemente hacia Dios.
El principio de centrar nuestra vida en Dios lo afirman igualmente los santos de las tradiciones judías, cristianas e hindúes. "El Señor es mi fortaleza y mi escudo", dijo el Salmista. En la Imitación de Cristo, leemos: "Tú eres mi esperanza, tú eres mi confianza, tú eres mi consuelo... Cuanto contemplo fuera de ti, lo hallo inseguro e inestable".
Hay un relato de un discípulo que preguntó a su maestro: –Señor, ¿cómo puedo realizar a Dios?... –Ven conmigo, le dijo el maestro. Te lo mostraré... Llevó al discípulo a un lago, y ambos se sumergieron en él. De repente, el maestro emergió y presionó la cabeza del discípulo, debajo del agua. Pocos momentos después le liberó y preguntó: –Bien, ¿cómo te sentiste?... –iOh, me moría por un soplo de aire!, jadeó el discípulo... Entonces, el maestro le dijo: –Cuando sientas eso intensamente por Dios, no tendrás que esperar largo tiempo su visión.